Me llené de ilusiones porque cualquier cosa venía bien para aferrarme a la idiota idea de que un poco, aunque sea un poco me querías. Que cada vez que me mirabas, podía caber la mínima posibilidad de que sean con otros ojos, con otras intenciones...Eso es una mala costumbre mía, creo en los imposibles y no sé ver cuándo hay gente que los vale y otras que no. Te pensé como jamás nunca pensé a nadie, tal vez era porque anteriormente negaba esa sensación que se formaba en mi pecho cada vez que alguien te mencionaba. Porque sabes como funciona esto, ¿no? Cuanto más te niegas algo, más lo tienes en la mente, más te termina atrapando. Más sueños tienes, más sensaciones raras aparecen en tu cuerpo, unas desesperantes, angustiantes y tan bipolares. Tal vez así empezó todo. Toda esta rara sensación mía de querer verte a diario o mirarte cada vez que me resultaba posible. Y cada vez lo disimulaba para no quedar tanto en evidencia.
Te odié como nunca pensé que iba a odiar, porque no sé odiar... La sensación de ser tu trapo, de ser solo tu abrigo en noches de bajas temperaturas o ser un helado para calmar tu calor corporal, nunca me dejaba del todo contenta Pero aun así seguía, porque te tenía y sé lo difícil que es conservar a las personas como tú. Siempre quieren más y más... No les alcanza con lo que tienen, solo cuando lo pierden. Pero aun así no podía arriesgarme a eso; sé muy bien que no fui el tesoro perfecto, que yo era más feliz que tú en esos momentos, que era yo el que simplemente se emocionaba cada vez que le hablabas; por eso mismo no podía plantear cargos porque acuse lo que acuse iba a terminar perdiendo o ganando tu ausencia. Lo sé, tengo el titulo de imbécil pegado en la pared, esa que a veces me escucha susurrar por las noches tu nombre.